La Mujer es ese “ser de magia infinita”, “la estructura / más bella que el holocausto / pudiera terminar”, una “Necesidad o bien común” para todo ser humano, sobre todo varón. Sus poemas son verdaderos orgasmos de palabras, como en “Desvarío”. El hombre necesita, ama y admira a aquella que, aún siendo niña “seductora inconsciente, / encantadora, que ignoras / castamente los efectos / de tus vivos encantos” es capaz de conmoverle intensamente con sus “Pezones que erectan todo mi ser” (“Niña mujer”)
Estos textos transcurren en Valparaíso, ciudad que define como una “Soledad compartida”. Dice que “la soledad es un cautiverio”, “la indiferencia absoluta / de tolerancia y comprensión”, cuando la vida “atormentada de espacios / limitados y desquebrajados” se vuelve una “Soledad indiferente”. Pero Sardes ha trascendido al dolor de la existencia, pues descubrió un elixir irresistible.
En estos versos encontramos la perfecta definición de su lenguaje: “descripción extrema / de acontecimientos y situaciones / orgánicas, abstractas, ineludibles / al son de la campana / y el ruido atormentador”















